Región de Valparaíso: Homenaje a los Chinos que se fueron

El antropólogo, Sebastián Andrés Lorenzo, que ha desarrollado un largo trabajo con los Bailes Chinos en la Región de Valparaíso, estableciendo lazos afectivos y personales con la comunidad cultora, realizó un homenaje a los alférez y chinos que nos dejaron en el último tiempo y que no pudieron acompañarnos en el Encuentro Regional de Bailes Chinos, efectuado este sábado 13 de octubre, en la comuna de Llay-Llay.

 

 

Buenos días a todas y a todos. Me toca representar aquí a muchos. En parte hablar en nombre de los funcionarios del área de Patrimonio Cultural Inmaterial del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural. Pero también en lugar de muchos amigos con los cuales hicimos una larga ruta de cariño y de amistad con los “bailes chinos”. Años de recorrer caminos interiores y deambular por pequeños caseríos de la Región de Valparaíso. Estamos ahora aportando aquí a esta labor un poco extraña, aquella que significa dar un reconocimiento inmerso en medio de una reunión dedicada a evaluar los programas de apoyo a la salvaguarda de los bailes y de sus tradiciones; rendir un pequeño homenaje a los chinos que nos dejaron, que se fueron recientemente. Estoy aquí para hacer entonces lo que uno nunca quisiera, nombrar a los amigos que partieron, despedirlos en este laurel improvisado y tal vez tardío.

 

 

Es verdad. Ha sido un año difícil. No hacía sino unas semanas atrás que había estado en la feria del estero de Viña del Mar, cuando escuché un llamado urgente. Era para darnos la mala noticia: el día de celebración de su cumpleaños, nuestro querido amigo don Pedro Reinoso, el “Rosa”, había fallecido.

 

 

Lo recuerdo con las manos arriba, estridente, vociferando y motivando a sus chinos en medio del devenir estruendoso y tronador del baile de Cay Cay, en la bajada del cerro de la fiesta de Pachacamita.

“Qué andai hueveando flaco”, me decía.

“Cuándo te vai a rajate”, repetía cada vez que nos veíamos.

 

 

Hago memoria de su calidez, de su generosidad en el trabajo colectivo de su comunidad adoptiva –esa de los linajes de los Reyes y los Morales en el paradero 6 de la avenida Eastmann, en Olmué–, o de su infaltable humor que iba siempre coronado por gruesos vocablos que se hacían menores en el trinar ronco y criaturero de su voz, esas palabras que nos hacían reír a carcajadas. Al Reina no lo olvidaremos fácilmente.

 

 

Así parece que lo viera hoy abrazado con sus amigos de Quintero, con el “Perico” Cisternas, Juanito, que le cantó el día de su despedida, con Manolo Díaz, de Puchunca. Me da la impresión que estuviéramos en Loncura, en el restaurante frente a la caleta, compartiendo una bebida con el “Chuico”, Carlos Reyes, porque reír siempre va a ser el mejor camino de las almas. Para allá amigo, para la ciudad de la risa y de la felicidad creo que te fuiste hace poco.

 

 

Te veo saludando a todos, compartiendo con todos. Te veo junto al “Pochongo” en la caleta de los pescadores de tu querida bahía quinterana, donde te criaste. Ahí estás recobrando la memoria de los otros viejos amigos de la comuna, aquellos que alguna vez te acompañaron.

 

 

Tal vez ahí también te detienes en la caleta frente a la imagen del santo patrono y te cruzas con el “negro”, don Rolando Cisternas, puntero ágil en las mudanzas y abnegado chino del baile loncurano. El negro, un hombre respetuoso y moderado, quien luego sería también cacique de su baile, de gran prestancia y enorme generosidad, de una calidez sempiterna para recibir a las otras instituciones y cofradías en la fiesta de San Pedro de Loncura.

 

 

Aquí vemos que está don Rolando, sacando a pasear al patrono de los pescadores –San Pedro–, en la fiesta de la vecina localidad de Horcón. O guiando a la virgen con los amigos loncuranos y pucalaninos en el pueblo de Pucalán.

 

 

Y pareciera que viera también en esta ensoñación a los chinitos de los Hermanos Prado, en Maitencillo, embarcarse con su baile arriba de un bote, para seguir por la sinuosa ruta de las olas y de los mares, a ese santo protector de sus amigos de la costa.

 

 

Mientras tanto, aparece la imagen de don Pedrito Ahumada, aquel querido dirigente que guiaba con su cálida sonrisa y su amable gestualidad, la presencia del baile palmino en su bajada al litoral; y creo escuchar que nos invita a fin de año a subir al santuario del niño dios de Las Palmas –a las faldas del cerro el Roble–, poco más allá de Quebrada Alvarado.

 

 

Justo entonces estaba, a su vez, viendo pasar la procesión desde su casa de Maitencillo y justo antes de partir, la Mamá del Marcelo, uno de los experimentados chinos que oficiaba de constructor de flautas del baile Pucalán (quien de manera inesperada, falleciera trágicamente ayer).

 

 

Mientras que, sólo un par de semanas después, ya en Horcón, recuerdo el paso marcial del baile Loncurano, llevando con su sonido dúctil y sus bellas mudanzas, el anda de su querido San Pedro a recorrer las calles de la caleta.

 

 

Creo ver también ese día al amigo “coligüe”, Francis Veas, en medio de la procesión.

 

 

Y siento un deleite muy grande cuando ya están saltando de noche, frente a la caleta, con el Baile de Puchunca, marcando el paso del tambor junto a “pascualito”, del pueblo de la Canela.

 

 

Amigo coligüe, héroe de tantas jornadas, que naciste desde el baile de la Chocota en este oficio religioso de guiar las filas de los chinos desde el tambor, siempre dispuesto y con alegría para parchar a todos los bailes de la comuna de Puchuncaví.

 

 

Acá estás de nuevo con el baile de Pucalán, junto a tu hijo, el John, fotografiados a la entrada de la capilla de Ventanas, abrazando a tu papá, que también fuera tamborero, el viejito “Nano” Veas, y quien a su vez nos dejara poco tiempo antes.

 

 

Y me imagino al unísono, en este viaje visual, aquel último fin de semana de noviembre en Cay Cay, pocos años atrás, cuando Osvaldo guiaba y Ramón alfereaba en la punta de los Hermanos Prado.

 

 

El viejo Ramón, humilde y servidor como pocos, se detiene a nuestro encuentro al terminar la procesión de la Virgen, mientras está bajando ya el baile local de sus vecinos, los caycaínos.

 

 

Difícil este año para los amigos de Cay Cay. Se fueron también el viejo y querido Aníbal Morales. Nos dejó asimismo el reconocido chino Arturo Reyes.

 

 

Y quizá también podríamos fantasear con un encuentro en otra dimensión con Don Mario Muñoz, durante mucho tiempo alfereando en el baile de la Cruz de Mayo de Tabolango, recordado con cariño, aquí en la fiesta de Campiche.

 

 

Y bastante cerca de allí hago memoria del baile de la quebrada, de su bella fiesta, y del amigo Beto Vicencio, que nos dejara no hace tanto.

 

 

Un poco más a la costa nos devolvemos por Los Maitenes de Puchuncaví, su hermosa fiesta en medio de la polución y la agresión ambiental de las industrias. Un pueblo que muere también poco a poco en el estertor del viento ácido, del arsénico y del plomo atmosférico; pero que –de la mano de los bailes de Loncura y Pucalán– ha logrado hace uno años revitalizar su fiesta de la cruz de mayo.

 

 

O hago memoria del amigo “pelo duro”, el alférez Jaime Cisternas, que despidiera a su madre no hace mucho.

 

 

Y de tantos otros chinos amigos que quisiera nombrar de manera un poco aleatoria, pidiendo disculpas y dejando tal vez a muchos en el camino: a Matíitas (Matías Villalón, de Puchuncaví) –lo recuerdo conversando gustoso y sin parar en la fiesta de La Laguna de Maitencillo–. O al viejo don Guido Alí –una hermosa voz que alfereaba desde el alma en la provincia de marga marga–.

O a don Narciso Poblete, chino del baile del Tebal de Quebrada Alvarado, que nos dejara este año. Como también lo hicieron este 2018 los ex alféreces don Roberto González, del baile chino de La Ligua, y don Pedro Reinaldo Vega, el amigo Vega, del puerto de Quintero.

 

 

Y a todos los que seguramente habré olvidado hoy en esta jornada teñida de amargura y de tristeza. Pienso entonces en los versos de un viejo amigo alférez, el “finao” don “Fausto”, Faustino Morales, cuando declamaba que no somos más que una sombra parada.

Pero alojo también un sentimiento contradictorio y alegre. Pues seguro estoy que cuando nos vayamos pa’ allá pal’ otro lado, allí en el reino donde las casas son de pan y los ríos son de vino, entonces podré decirle a Ud. viejo amigo Reinoso, ahora sí que se va a rajar el flaco.

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