[Columna] Chile tras 10 años de implementación de la Convención de Patrimonio Cultural Inmaterial

Rodrigo Aravena Alvarado. Subdirector Nacional de Patrimonio Cultural Inmaterial

El 13 de marzo de 2009 se publicó en Chile el decreto que promulgaba la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO y que, a partir de entonces, la convertía en ley al interior del país. A la luz de los años, este hecho puede ser visto como un hito administrativo: nosotros creemos que podría ser visto como un hito social y cultural.

Si las leyes reflejan parte del espíritu de una época, que Chile decidiese adoptar esta convención podría revelar algún grado de avance en la valoración que la sociedad en conjunto daba a los saberes de las comunidades más pequeñas, a los territorios con identidad propia, a lo que, muchas veces a contrapelo de la modernización, ha subsistido de generación en generación.

Baile chino, la única manifestación del patrimonio cultural inmaterial de Chile inscrita en la Lista Representativa de la Humanidad, de la Unesco.

Algunas instituciones, públicas y privadas, incluso antes de ese 13 de marzo, ya se habían hecho parte, a su modo, de este desafío democratizador y promovieron metodologías y redes de trabajo comunitarias en torno a la memoria social e histórica, a la documentación del patrimonio vivo o la articulación de iniciativas de desarrollo territorial con identidad cultural.

Sin embargo, fue a partir de 2009 que se inicia el arduo proceso continuado hasta hoy por implementar de manera eficaz dicha convención y por incluir sistemáticamente sus principios éticos en la gestión de sus encargados y en la relación con las comunidades. Gracias a estos esfuerzos, el país cuenta hoy con un registro de 34 elementos que visibilizan parte de la rica diversidad cultural presente en Chile. Deben ser aún más y para ello estamos trabajando junto a las comunidades portadoras que son las que toman decisiones en torno a las manifestaciones y saberes que las identifican .

El eje estructural de todas estas iniciativas fue el interés asumido y declarado en promover, sostener y ampliar procesos de participación efectiva comunitaria. Se entendió que en el patrimonio cultural inmaterial había una oportunidad real de conocer nuevos modelos posibles de desarrollo, respetuosos de las diferencias y que fortalecían la convivencia, además de valorar la capacidad de cada comunidad para autogestionar su identidad particular y que ella fuera reconocida y valorada por el resto del país.

Esta tarea sigue vigente. Y cada día es más delicada frente a los cambios demográficos, políticos e incluso naturales que está experimentando el mundo.

Desde el Departamento de Patrimonio Cultural Inmaterial, del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, trabajamos diariamente, junto a las comunidades, por aportar a qué está diversidad sea reconocida para poder seguir contando con el acervo de saberes depositado en la sabiduría legada de generaciones de hombres y mujeres.

2019 será una buen momento para seguir avanzando.

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